La huella de Giovanna y la historia de sus hermanos "trovatelli"


El fenómeno de los niños expósitos ("bambini esposti" o "trovatelli") era una práctica muy extendida en toda Italia: en Milán, llegó a representar el 30% del total de los niños nacidos en la ciudad. Para hacernos una idea de su magnitud, entre 1845 y 1864, una media de 4000 niños al año fueron acogidos por la emblemática institución milanesa que prestaba asistencia a la infancia necesitada. Tal es así, que desde mediados del siglo XVII hasta 1920, más de 350.000 lactantes y niños (en su mayoría entregados de forma anónima) fueron confiados al "Ospedale Maggiore di Milano".

En virtud de estas cifras -si tenemos ascendencia en la zona y profundizamos en nuestro árbol genealógico-, es muy probable que nos encontremos con un antepasado que en cuya filiación registral se haya hecho constar aquello de "Figlio/a dell'Ospedale Maggiore di Milano" o incluso que figure como hijo de "genitori ignoti".

Para la reconstrucción de su historia, el Archivio Storico del Brefotrofio di Milano es un recurso de inestimable valor, por ello antes de entrar en el detalle de sus fondos, es preciso ahondar en el fenómeno que lo propició.

Señal de exposición y contra-señal, de 1846 


El Proceso

Aunque a priori y en virtud de los valores esenciales de la actualidad, el abandono de un recién nacido nos puede parecer una práctica cruel, lo cierto es que aquel proceso “de exposición” no fue necesariamente producto de la indiferencia o el rechazo de los padres de entonces, ya que el primer motivo que en aquella época justificó el abandono de un bebé, fue la propia miseria. Otros factores que contribuyeron a extender este ejercicio fueron las iniciativas promovidas por las autoridades locales, que con la intervención institucional -en respuesta a una necesidad social-, propiciaron sustento y protección a estos niños en una época en la que la tasa de mortalidad infantil era muy elevada.

Si además tomamos en cuenta que el propio sistema favorecía y garantizaba el anonimato de la madre y que cuando la extrema pobreza, la ausencia paternal, la imposibilidad de reconocer un hijo fuera del matrimonio, la falta de medios para pagar a una nodriza que se ocupase de la lactancia (la “balia”), la imposibilidad de renunciar a un salario si la madre trabajaba, el garantizar la supervivencia del propio neonato y de los otros miembros del núcleo familiar... era alguna de las circunstancias por las que la madre atravesaba, el camino a seguir no dejaba mucho margen de maniobra.

Una madre, de Domenico Induno, 1855 

Tal fue la magnitud de este fenómeno que en todas las ciudades (generalmente al lado de la puerta de una iglesia), se colocaron unos mecanismos cilíndricos conocidos como “La Ruota” o “Il Torno”, en donde el bebé era depositado desde el exterior y que al girarse, hacía sonar una campanilla que avisaba de la presencia del niño trasladándolo a su interior, dando inicio al proceso de exposición.


A partir de ese momento, la paternidad era asumida por el propio organismo y el niño pasaba a formar parte de la “Famiglia Ospedaliera”. En un primer registro basado en los datos recogidos durante la noche anterior, se les asignaba un número (progresivo durante el curso del año) y se reseñaban las particularidades de su entrega, tales como el día y la hora, la descripción de la ropa en la que venía envuelto, la presencia de algún signo para un posterior reconocimiento y el nombre con el cual sería registrado. Cada niño recibía una medalla en la que se grababa el año y el número asignado, además de un expediente personal.

En esta primera “fotografía” hay dos elementos importantes en los que es preciso ahondar:
  • El modo con el que se les asignaba una identidad
  • Las señales de exposición


La Construcción de su Identidad

La paloma (“colomba”) del Espíritu Santo es el emblema del “Ospedale Maggiore di Milano”, por lo que inspirado en éste, el apellido “Colombo” le fue atribuido hasta 1825, a muchos de estos niños de forma sistemática. Tal fue la difusión del apellido en la sociedad lombarda, que -además de “esposti” o “trovatelli”, también acabó asociándose al término de “colombini”, el hecho de ser un niño abandonado o lo que es lo mismo, un “hijo de nadie”.

Emblema del "OSPEDALE MAGGIORE" 

En 1825, el gobierno de los Habsburgo impuso interrumpir esta costumbre, dejando en manos del “Brefotrofio”(*) la elección de un apellido inventado, para el cual empleaban una peculiar norma: la inicial del apellido tenía que ser siempre la misma que la del propio nombre. También podía darse que como segunda y tercera letra del apellido, se escogiesen aquellas letras iniciales del abecedario para significar que el niño había sido entregado a principio de año o las últimas, para reseñar lo contrario.

Además, tenían estipulada la existencia de un copioso listado con diferentes apellidos, suficiente para abastecerles durante al menos seis años. Pasado este período, podían volver a utilizar aquellos de la lista que habían sido asignados anteriormente. Cualquier palabra alterada, desmontada y vuelta a montar de diferente forma, servía para la creación del apellido ideal, con una excepción expresa: debían evitarse aquellos apellidos de familias nobles y distinguidas.


1850 - Mensaje manuscrito con doblez en la esquina, sellado con dos timbres hechos en España: uno con las iniciales "G.C." y el otro con un escudo de armas.

En los casos en los que el niño consignado estuviese acompañado de una carta en la que se especificaba un nombre en particular, éste se conservaba, por lo que en virtud de las reglas anteriores, para la construcción de su apellido se utilizaba la misma inicial del propio nombre. También es importante precisar que era frecuente que los padres indicasen varios (incluso dos o tres) y que los funcionarios tendían a escoger para el bautismo solo uno, no necesariamente el primero.


Las Señales de Exposición

El otro elemento que además de gráfico, manifiesta un significativo valor emocional, tiene relación con todos aquellos objetos o escritos personales que los padres depositaron junto al niño en el momento de la entrega en el torno, en un claro intento de conservar el vínculo y dejar abierta la posibilidad de un ulterior reconocimiento: cartas manuscritas, imágenes sacras, monedas, dibujos, cruces, billetes, cartas de juego, calendarios, llaves, anillos, banderas, collares, cartas de tarot, la página de un libro, del periódico, un billete de lotería...

Señal de exposición de 1814 

Muchos de ellos eran cortados o seccionados por la familia, con la práctica intención de conservar la otra parte, a modo de “contra-señal”. También objetos “dobles”, como guantes y escarpines, fueron utilizados para este cometido.

Más allá del valor artístico, numismático o histórico que estas piezas pudieran tener actualmente, lo verdaderamente fascinante es que siguen testimoniando aquellas vidas pasadas que difícilmente encontraremos en los libros de historia, en muchos casos “escritas” por aquellos que ni siquiera tuvieron la oportunidad de aprender a escribir.


Los Registros

Una vez creado el registro de ingreso (si no se tenía la certeza que el sacramento ya había sido administrado), se procedía a efectuar el bautismo. A continuación, un delegado se encargaba de entregarlo a una niñera de la campiña, que recibía a cambio un salario mensual y ropa para el recién nacido. Mientras tanto de forma discreta, un ayudante del delegado se encargaba de comprobar cómo era tratada la criatura: de hecho, el salario solo se pagaba si el resultado de la visita era satisfactorio y en caso contrario, el inspector procedía a transferir al niño al cuidado de otra familia. Después del destete - alrededor de los dieciocho meses-, algunos niños podían quedarse con las enfermeras, pero solo hasta la edad de cuatro años.

Si los niños no eran recuperados previamente por sus padres biológicos o parientes, la asistencia y la tutela ejercida por el ente, cesaba al cumplimiento de los 15 años, aunque en el caso de las mujeres –pasada esa fecha, al contraer matrimonio- también tenían derecho a recibir una dote de 100 liras imperiales y una manta de lana, que simbolizaba ese estrecho vínculo protector, como una extensión visible del permanente anhelo de amparo ejercido por la institución.

Expediente personal y medalla de un expósito de 1843

De forma individualizada -junto al registro de ingreso y la señal de reconocimiento-, toda esta información era recogida en el expediente personal de cada niño.


El Archivo

En el Archivio Storico del Brefotrofio di Milano se conserva toda la documentación producida por las instituciones milanesas que prestaron asistencia a la infancia abandonada o necesitada entre 1483 y 1962, y a las parturientas, hasta 1903.

Patio interno del nuevo Brefotrofio 

El fondo incluye las prácticas, los pagos, las tarjetas de custodia y los signos de reconocimiento, ligados al proceso de entrega y posterior asistencia de estos niños.

Teniendo la certeza de la condición de “colombini” de nuestro ancestro, a la hora de solicitar su búsqueda en el archivo, es preciso aportar su fecha de nacimiento (basta con el año), su fecha de defunción (por ley, imprescindible para los documentos del siglo XX), nuestro vínculo y el fin genealógico de la investigación. La solicitud para que tenga validez legal, tiene que ser enviada por fax, aunque posteriormente vía e-mail, es probable que nos soliciten documentos adicionales que ayuden a su localización. Para ello, podemos dirigirnos a:


Settore Politiche Sociali - Servizio Osservatorio per le politiche sociali
viale Piceno, 60 - 20129 Milano
Archivista Responsabile: Flores Reggiani
Teléfono: 02 7740 5199 Fax: 02 7740 5184
Horario: de Lunes a Jueves de 9:30 a 12 y de 14 a 16, Viernes, de 9:30 a 12
Ver Procedimiento "RICERCHE STORICHE" y descargar la solicitud


(*) La diferencia entre un “Orfanatrofio” y un “Brefotrofio”, es que en el primero se acogía a los huérfanos con una filiación precisa, mientras que en el segundo, se acogía a los niños abandonados -o en peligro de abandono, no necesariamente huérfanos-, a los que se les asignaba una identidad.


Fuentes e Iconografía:
- “Si consegna questo figlio” - L’assistenza all’infanzia e alla maternità dalla Ca’Granda alla Provincia di Milano, 1456-1920. De Maria Canella, Luisa Dodi y Flores Reggiani, editado por Skira
- Contacto mantenido con la responsable del archivo
- Las imágenes que ilustran esta nota proceden del libro "Si consegna questo figlio", de la página web del Archivo Histórico de la Provincia di Milano y de la documentación personal recabada.



La Huella de mi Tatarabuela Giovanna

Intentando develar la incógnita originada por mi bisabuelo (cuando en 1885, al casarse en Argentina declaró que el apellido de su madre era “Cappellazzi” en lugar de “De Vecchi”), consulté los libros parroquiales de Arcisate -su lugar de nacimiento-, con el propósito de rastrear la huella familiar. Allí, en el acta de matrimonio de sus padres, apareció la primera pista relacionada con la condición de mi tatarabuela Giovanna: en el apartado en donde debían figurar el nombre de sus progenitores, ponía “figlia dell'Ospedale Maggiore di Milano”, además de un número de registro relativo a su nacimiento, sucedido en 1816:


Después de contactar con el archivo del Brefotrofio y solicitar su búsqueda, pudimos conocer el devenir de Giovanna desde el momento en el que fue abandonada e incluso ver los documentos que formaban parte de su expediente personal:

la señal de exposición

su ficha de Ingreso

y la transcripción de su partida individual

La segunda pista nos la dio su carta de acompañamiento, que decía: "Milano, a[ddî] 27 agosto 1816. Questa figlia è nata il giorno 25 alle ore 5 mattina battezzata il giorno 27 parrocchia di Santa Alessandria per nome Domenica Giova[n]a Emiglia"

Por lo que después de comprobar que en Milán no existía tal parroquia (si bien próximas al "brefotrofio" de entonces, se encontraban la iglesia de San Alejandro y una capilla de Santa Catalina de Alejandría en la Basílica de San Nazaro, que pensábamos que podrían ser a las que se refería la nota), contactamos con ambas –sin éxito-, con el fin de obtener el registro de su bautismo.

Ante la ausencia de respuesta, decidimos contactar via e-mail, con el Archivio Storico Civico, ya que allí conservan los registros de nacimiento y matrimonio de Milán, desde 1801 a 1865 y los registros de fallecimiento, desde 1803 a 1899. En la solicitud, incorporamos una copia de la carta con la que había sido abandonada mi tarabuela y consultamos si era posible realizar la búsqueda en sus archivos, de la que presumíamos que sería la única “Domenica Giovanna Emilia”, registrada entre el 25 y el 27 de Agosto de 1816.

Para nuestra sorpresa, al día siguiente recibimos la confirmación de que Giovanna había sido bautizada en la parrocchia di sant' Alessandro, que sus padres biológicos fueron Francesco Piccaluga y Giovanna Mottini, su domicilio de entonces (“contrada di s. Giovanni in Conca 4099”, hoy inexistente) e incluso nos adjuntaron la copia del extracto de nacimiento en la que aparecía registrada con el nº 74, junto a otros niños que en 1816 fueron bautizados en la iglesia de San Alejandro.


Han pasado casi 200 años de este hecho y me duele pensar que es muy probable que Giovanna haya fallecido sin ni siquiera conocer el nombre de sus padres biológicos. Me pregunto las veces que a lo largo de su vida, pudo tener esa comprensible curiosidad -o necesidad- de saber quienes eran, qué sería de ellos y sobre todo..."¿por qué?".

Hoy, algunas de sus preguntas también son las mías, entre ellas el motivo de su regreso a la institución cuando tenía nueve años (¿el delegado en su visita habrá considerado conveniente transferirla a otra familia? ¿habrá fallecido alguno de los cónyuges de la familia de acogida de Coarezza?).

Y la eterna pregunta... ¿por qué mi bisabuelo declaró "Cappellazzi" en lugar de "De Vecchi"? ¿Utilizaría el patronímico peyorativo "Capella" - "zzi" para hacer referencia al origen de su madre?

Mientras llegan estas respuestas, me recreo imaginando a una joven Giovanna de 24 años, dos días después de casarse, viajando con Paolo a Milán para recoger aquellas 100 liras y su manta de lana.

Y aunque estoy segura que la mejor dote a la que cualquier persona puede aspirar, es la de recuperar una identidad perdida, también me siento feliz por haber tenido la oportunidad de acompañarle en ese trayecto del abandono que tanto cambió el rumbo de su vida... posibilitando la mía.

Y aunque el camino se haya bifurcado planteándonos nuevos retos, estoy convencida que ella se merece este volver a empezar...


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