Hurgando en la memoria


Uno de los recuerdos que mantengo más vivos es el de los veranos en Santa Fe: el aroma del jazmín, esa saludable costumbre de los vecinos que sacaban sus hamacas a la vereda, el peculiar olor de los espirales anti mosquitos, el sonido de los grillos. En este escenario bucólico que atesora mi memoria, recuerdo con especial cariño las inagotables jornadas en el club de regatas, la textura del fondo del río y también las travesuras que llevábamos a cabo cuando los mayores hacían la siesta, sin intuir que invariablemente, los tres primos acabábamos escapando de puntillas de esta incomprensible imposición.

Allí vi por última vez a mi padre cuando tenía 5 años y por circunstancias coyunturales, en Santa Fe viví y estudié un año, cuando tenía 17.

Por aquel entonces asistía a un industrial, que era considerado como un “colegio de varones”. Este hecho, sumado al que había sido criada en la capital (circunstancia que de cara a los prejuicios provincianos te procuraba una mayor independencia) supuso para mi abuela todo un reto en la convivencia y de ahí su particular empeño en completar mi formación para convertirme en lo que conceptualmente para ella era "ser todo una señorita”. En la práctica, esto se traducía en ejercitar con el piano diariamente, sobrellevar un estricto control de movimientos, iniciarme en la práctica gastronómica, fomentar el conocimiento de las buenas familias de la vecindad (los chicos estaban excluidos expresamente) y... aprender a tejer.

No recuerdo exactamente la motivación que me empujó a transigir con esto último, pero si recuerdo que las tardes tenían un sabor especial gracias a esta excusa, porque lo que verdaderamente se tejían eran las historias que –entre agujas-, ella me iba contando. Aún hoy recuerdo este ritual, como el vehículo que propició una mayor afinidad entre nosotras y de hecho nunca volví a sentirme tan cerca de ella como entonces. Todo empezó gracias a esos retratos familiares colgados en la pared, que mi abuela María preservaba con mucho celo, retratos que además de ser testigos de nuestras tertulias vespertinas, provocaban en mí una extraña mezcla de fascinación y curiosidad.

Recuerdo que al preguntarle sobre su romance con mi abuelo, me contó que en aquella época las cosas venían dadas de forma diferente, ya que los matrimonios los concertaban las familias y en su caso en particular, el compromiso inicial apalabrado, era el de mi abuelo... ¡con su madre!

Según parece, la que por los caprichos del destino acabó convirtiéndose en mi bisabuela, se enamoró de un señor de origen suizo-portugués con el que acabó casándose, no sin antes prometer a mi abuelo Julio, que le entregaría a su primogénita como esposa: este designio se cumplió un 2 de Julio de 1927, cuando María cumplió 17 años y acabó casándose con ese apuesto terrateniente de casi cuarenta años... que apenas conocía.

Adiviné por sus palabras que además de la edad, abundaron otras diferencias. Siempre describió a mi abuelo como a una persona muy estricta, con un profundo sentido del deber y con un arraigado perfil de jefe de familia. Gracias a ese rol -en el que no cabía la indisciplina-, mi abuela desarrolló un pícaro mecanismo de supervivencia, que le permitió por ejemplo, enviar a sus hijas a 800 km para que estudiasen en el mejor colegio religioso de la época o comprarse una casa en la capital, quizás para procurarse un retiro, quizás para capitalizar sus lágrimas.

Además de práctica, daba de la sensación de ser una persona fuerte, aunque según me confesó "allá lejos y hace tiempo", solo había acusado una secreta debilidad, que no resultó ser otra que la del anhelo del amor.



Recuerdo que prosiguió esta confesión contándome que cuando vivía en Villa Adela, el recurso que empleaba para conectarse a la vida y dar rienda suelta a sus sueños consistía en sentarse en el banco de la estación, esperando al tren. Y no porque a modo de analogía representase el vehículo que la llevaría hacia la vida que le hubiese gustado elegir, más bien al contrario: como buena mujer práctica que era, lo que invariablemente anhelaba era que el tren se detuviese y permaneciese allí la mayor cantidad de tiempo posible, porque así podría disfrutar de ese amor utópico que había alimentado, del que jamás supo su nombre y con el que nunca cruzó palabra. Parece que la única licencia que se permitió con aquel revisor del que se había enamorado, no pasó de un simple cruce de miradas o puede que incluso ésto -con el paso de los años- haya sido fruto de su imaginación, para hacerle justicia a ese secreto anhelo.

Cuando me lo contó tenía 70 años y había enterrado a dos maridos, pero estoy segura que era el recuerdo de aquel amor que le invadía, cuando embriagada por el olor a jazmín, desde la vereda inclinaba su característica mecedora y me pedía –casi susurrando-, que le toque “Merceditas”:


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